Las conductas de devoción religiosa desde la perspectiva del análisis funcional
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Introducción
¿Qué sois, pues, Dios mío? (…) ¡Oh muy alto, muy bueno, muy poderoso, muy omnipotente, muy misericordioso y muy justo, muy oculto y muy presente, muy bello y muy fuerte, estable e imposible de alcanzar, inmutable y que cambia todo él, jamás nuevo, jamás viejo, que lo renueva todo, “impulsando sin que lo sepan a los orgullosos a la decrepitud”; siempre activo, siempre en reposo; que almacena sin necesitar nada, que trae, que llena, que protege, que crea y que alimenta, y que termina, que busca, aunque nada os falte! Amáis, pero sin grandes apasionamientos; vuestros celos no conocen la inquietud, vuestro arrepentimiento no conoce el dolor; vuestra cólera permanece apacible; modificáis vuestras obras, pero no vuestras intenciones. Recobráis lo que encontráis sin haberlo perdido; no sois nunca pobre y amáis las ganancias; jamás sois avaro, y exigís las usuras, os dan mas de lo que os deben, para que os convirtáis en deudor. ¿Y quién, sin embargo, posee algo que no os pertenezca? Pagáis vuestras deudas sin deber a nadie; las perdonáis sin perder nada. ¿Y que hemos dicho, oh Dios mío, mi dulzura santa, que puede decirse, cuando se habla de Vos?
Escribía San Agustín, futuro padre de la Iglesia, durante el año 397 d.C en una ciudad costera del norte de Argelia. Y algo similar experimentan hoy en día millones de creyentes de diversas religiones a lo largo y ancho del mundo. Quizá hayas experimentado algo parecido en algún momento de tu vida. Una tranquilidad, un estremecimiento esperanzador, una alegría o un temor comparable a este. En este texto trataré de analizar desde una perspectiva analítico funcional algunas hipótesis sobre cómo los seres humanos aprendemos y realizamos esta conducta.
Aprendizaje por asociación
Desde que el creyente tiene uso de lenguaje y comienza a socializarse en una comunidad religiosa, empieza a asociar a la idea de Dios significados y sensaciones de todo tipo. En un primer momento, y como con todo el contenido verbal, estos emparejamientos o ensayos de asociación vienen dispensados por otros miembros de la comunidad en el ámbito público. Pero más adelante, y atendiendo a las características comúnmente asociadas a Dios en las principales religiones monoteístas (ser perfecto, personal, verdadero y misericordioso), mediante la oración, el diálogo y la observación, entre otros, se van asociando significados infinitamente buenos al concepto o palabra de Allah, Dios, Yahveh… Se evoca a Dios asociado a las propiedades depuradas de las cosas bellas y buenas. De esta manera, Dios se convierte en un estímulo condicionado (EC) asociado a todas las cosas positivas que podemos observar en su máximo exponente. Por otra parte, introduciendo conceptos de la teoría de los marcos relacionales: automáticamente y debido a las características anteriormente mencionadas de Dios, se irían derivando relaciones al concepto de Dios, en las que Dios, obviamente, siempre sale ganando en valencia apetitiva debido a sus características comparativas.
Podemos hipotetizar que un creyente, en el acto de ponerse a rezar, comienza a emitir conductas verbales en las que explicita la existencia de una relación entre el concepto de Dios y una exposición a estímulos condicionados o incondicionados positivos, así como la no relación con estímulos negativos. Así va generando ensayos de asociación con los que va reforzando este aprendizaje. De esta manera podemos explicar por qué, por ejemplo, Miriam en ocasiones, cuando reza en su casa siente paz y alegría. Las personas con más entrenamiento en estas habilidades y con más capacidad para evocar el EC Dios serían aquellas que llamamos místicas.
Aprendizaje por consecuencias
El comportamiento religioso incluye muchísimas más conductas de las que nos es plausible hipotetizar en esta entrada, sin embargo, me gustaría centrarme en algún proceso operante que quizá pueda ser de interés. En concreto dos ideas: una sucinta reflexión sobre las características interpersonales de la relación con Dios y una breve hipótesis de mantenimiento, que trataremos de forma entrelazada.
Aunque algo parecido a lo expuesto en el apartado anterior pueda suceder en el contexto de “devociones no religiosas” (ideologías políticas, equipos de fútbol, identidades nacionales o de otro tipo…); una característica particular de las conductas religiosas es que generalmente se hacen en relación con un Ser personal. La persona creyente trata de escuchar, de observar los actos de Dios interpelándole en la vida diaria. Para ello, observa el mundo buscando estímulos que se asemejen al EC Dios. También se observan las propias sensaciones, emociones, pensamientos y acciones en una especie de hipervigilancia y se les atribuye una agencia personal externa. Es decir, se generan conductas verbales que expresan una relación entre los actos de la vida cotidiana, ya sean propios o ajenos y la intención de un Ser personal divino condicionado apetitivamente.
Así esta búsqueda comienza a estar guiada por sus consecuencias reforzantes. Estas conductas permiten a la persona creyente identificar esas cualidades positivas de Dios en la vida corriente. Esto es potencialmente muy reforzante, ya que encontrar congruencia entre tus actos y el compendio de tus valores más íntimos puede llegar a ofrecer una gran certidumbre y sensación de sintonía. Asimismo, en cuanto a sucesos externos fuera de nuestras acciones, el atribuir una voluntad benévola a las cosas buenas que nos ocurren, puede ofrecer algo similar a la gratitud. Adicionalmente, Dios, al ser un ser personal, también puede cubrir necesidades interpersonales, como aquellas de amor incondicional (entendido como amor por el que no se ha de luchar) o de perdón. También se generan en esta interacción procesos de reforzamiento negativo, la persona creyente puede involucrarse en comportamientos que le ayuden a evitar el malestar, ya sea reduciendo sentimientos de culpa, incertidumbre, desesperanza. De esta manera, Dios se va convirtiendo en un reforzador ampliamente accesible e inagotable.
Reflexión final
Tradicionalmente se ha visto el análisis de conducta, con sus pretensiones científicas, y el mundo de la fe con sus misticismos y revelaciones como algo opuesto e incompatible. Y aunque un analista de conducta te diga que toda conducta es sujeto de análisis, es probable que muchos no se acerquen a ella ni con un palo. Esto es potencialmente un error, teniendo en cuenta la cantidad de gente que profesa diferentes creencias religiosas y que estas conforman una parte esencial de sus vidas, especialmente si nos alejamos un poco de la concepción europeo-centrista del mundo. Así que, si todavía no has perdido la atención en lo que aquí se expone, te invito a acompañarme mientras intento aunar mis creencias personales con mi enfoque profesional y, a poder ser, extraer una conclusión en el proceso.
Hemos hablado anteriormente de cómo cada persona va generando su propio EC de Dios a lo largo de su vida; de alguna manera “la búsqueda de Dios”. Para ello, la persona utiliza su experiencia y la de aquellos que le precedieron. Así, las personas individual y colectivamente van construyendo la idea de Dios. A lo largo de la historia se ha generado un enorme cuerpo de contenido escrito, oral y relacional al respecto; se han cometido muchos errores al identificar y construir a ese Dios de características todo positivas y se han cometido barbaridades en Su nombre. Sin embargo, también encontramos en Él características que nos inspiran, que nos hacen saber qué es lo que deseamos de la vida y que compartimos entre culturas y tiempos. De esta manera yo puedo sentir que estoy viviendo lo mismo que un salmista palestino del siglo IV a.C o emocionarme con un musulmán cuando me cuenta que Allah le tiene paciencia y le busca incansablemente a pesar de sus extravíos e infelicidades, sabiendo que hablan de una experiencia similar a la mía. Lo que quiero decir es que a muchas personas Dios les ha servido para superarse en las dificultades, amar más auténticamente, luchar por la justicia en el mundo… Dios, está hecho de nuestras conductas de aproximación sesgada a Él. Entre todas las personas lo vamos dibujando de entre las líneas comunes que quedan de nuestros intentos de ver en Él la belleza y lo que nos puede dar sentido en este mundo. Desde esta perspectiva, no importa si Dios existe o no, lo que importa es el proceso de esta búsqueda. Por lo tanto lo más importante será errar lo menos posible y no hacer falsos Dioses de nuestras ideas. Y aquí, en mi opinión, es donde como analistas de conducta tenemos que vernos trabajando.
La creencia es conducta y se puede ver desde perspectivas más productivas que colocarlas como variable disposicional en un análisis funcional. Podemos, e incluso debemos preguntarnos: ¿qué función tienen los comportamientos religiosos para esta persona? Seguramente encontremos que cumple muchas funciones y que, en la vida de muchas personas, resulta muy movilizante. Creo que hay mucho que ganar en entrar a dialogar de creencias religiosas en un contexto terapéutico. Creo también que hay muchos retos en cuanto a cómo hacerlo con respeto, preservando la independencia de la otra persona y evitando caer en conductas de abuso de posición. Tantos retos que se podría escribir un libro. Sin embargo, desde esta perspectiva que he propuesto, las conductas religiosas también tienen un significado y unas funciones psicológicas que pueden ayudar a las personas creyentes religiosas (que no son el único tipo de creyentes) a guiarse en esta “búsqueda de Dios”. Puede ayudarles a evitar barreras, escapes, privaciones, egoísmos… e ir construyendo a un Dios o una relación con Dios más auténtica, más cercana a aquello que a esa persona le hace vibrar con sentido e ilusión. Menos hecha de contenidos mentales, prejuicios, evitaciones y más basada y acorde con las contingencias naturales de su realidad. Y que le sirva para acercarse al prójimo en vez de alejarlo de él. Luego ya, que exista o no un Dios que justifique, en cada paso de esta búsqueda, todos estos anhelos y sea el germen de nuestra humanidad y nuestra belleza, vuelve, en definitiva, a ser una cuestión de fe.
Miguel Cebellán Martínez
Soy estudiante del máster general en Psicología general sanitaria de la Universidad Europea de Madrid y alumno de prácticas en Libertia. Fui voluntario durante dos años como parte de la comunidad de techo del proyecto Loiolaetxea para la integración social de los jesuitas de Gipuzkoa. Y antes de eso pues me saqué la carrera de psicología y fui muchos años monitor de tiempo libre. Me gusta la paella, la sopa, el cine y hacer cosas con la gente.